Estoy en ese punto de la vida en el que cada día logro sacarle unas revoluciones más al funcionamiento de mi mente. Me noto ágil pero reflexivo, blando o firme en el momento preciso y soy cada vez más silencioso (calculo que gano un gramo de buen oyente al día). Llevo unos diez años diciendo que mis neuronas están en su mejor momento. Aunque en estos últimos tres el avance ha sido exponencial. Y, a pesar del éxito, no me he cuidado nada.
He dormido poco y mal. He cometido excesos. Iba a yoga, pero luego me calzaba doce cervezas, veinte pitis y quince croquetas. El peor veneno es odiar, y yo le he dado bastantes tragos. Y aunque me encanta ayudar a los demás, he caído en el error de medir mal los esfuerzos, olvidándome de que el oro siempre debe ser para uno mismo, y haz lo que quieras con la plata y el bronce.
Afirmar que me he creído inmortal e irrompible sería quedarse corto. Pero no hay nada que pinche mejor el ego inflado que sostener en brazos los seis coma seis kilos que pesa Sien…

