Me parece sorprendente no haber muerto virgen.
Tenía todas las papeletas: rarito, no estudiaba pero sacaba buenas notas (lo que me convertía en empollón), en mi familia éramos testaferros de Javivi (se ha cambiado el nombre a algunas sectas), tartamudeaba un poco y salía corriendo del colegio cada día para no perderme un solo capítulo de La botica de la abuela, ese exitoso programa de la tele de los noventa que incitaba a los españoles a confiar más de lo recomendable en chamanes y casi adivinadores.
Mis héroes de la infancia fueron Indiana Jones, María Teresa Campos, Jeff Goldblum, Jesucristo y Txumari Alfaro, presentador del citado programa. Con el paso de los años, la lectura y la ciencia me hicieron renegar de los dos últimos, aunque a Txumari, en paz descanse, me lo crucé una vez en el Decathlon comprando un bañador y me pareció una escena muy tierna.
La historia empeora si os cuento que tomaba notas en un cuaderno y solía practicar algunos de los remedios con el apoyo, pero no sie…

